LA PRUEBA.
Cuándo entre en la sala, la gente estaba en silencio e intranquila, y al final del pasillo estaba la puerta: la barrera hacia el éxito la frontera que separaba lo imaginario de lo real. Eran las seis y media de la tarde. Atravesé el pasillo que parecía infinito y mientras lo cruzaba veía a bailarinas experimentadas dándose algún retoque, calentando o simplemente sentadas esperando también había gente muy experimentada muy bien disfrazada o con su mejor vestido y yo allí plantada en medio de todo ese mundo tan solo con la ilusión de triunfar lograr mi objetivo y con un bonito vestido sí bonito pero hecho por mí.
Al fin llegué a la mesa de inscripción; fui a inscribirme para hacer la prueba; me atendió una señora un tanto mayor y dijo lo siguiente: muy bien es para la prueba ¿no? (yo asentí con la cabeza), pon aquí tus datos, ¿ya? ¿tan rápido? Eres el número 14, suerte adiós. Me gustaba el número 14 y también ver a la gente acompañada de su familia con su mejor traje o su bonito disfraz. Sentía a unas “hormigas” jugando al “pilla-pilla” dentro de mi estómago y… llego el momento. La puerta se abrió y se escuchó: el número 14 que entre. Cuándo entre el jurado me miraba y alguien me dijo: ¡cierra la puerta! y ¡empieza! Yo empecé a actuar la suerte estaba echada.
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