martes, 22 de febrero de 2011

Hoyos de Arena-2005

HOYOS     DE    ARENA

Un día me dio la vena y no sé por qué me puse a recordar cosas del pasado.                        
Y de repente me acordé de una historia fascinante, no es mía pero creo que os gustará.
Comienza así: Belinda, tenía unos padres que eran muy ricos pero nunca estaban con ella porque siempre estaban de viaje de negocios. Para compensárselo la llevaron al mejor internado de todo Manhattan. No os he dicho cómo era Belinda; tenía 14 años, ojos verdes pistacho, un pelo castaño prácticamente rubio, ondulado y muy enmarañado; además también tenía una personalidad intensa, una imaginación desbordante y una pasión desmesurada por el agua. ¡Ah! y le encantaba nadar, contar historias de la India (que era su país), montar a caballo, dibujar y escribir en su diario. Llevaba dos meses y medio en el internado. Al principio no tenía amigas pero pronto se fue ganando la confianza de todo el mundo.  Sus padres la querían mucho y se sentían culpables de no poder estar con ella. Por esa razón cada mes la enviaban un paquete con lo que ella pedía. Ella sólo recibió dos o tres paquetes, porque al principio quería cosas materiales pero poco a poco fue pidiendo cosas que no se podían comprar con dinero: amor, libertad, el cariño de sus padres, poder recordar que se siente cuando tus padres te arropan y te dan un beso en la mejilla. Porque aunque sólo llevase 2 meses y medio en Bellington, que así se llamaba el internado, había estado en muchos más. Empezó a ir a los internados a los tres años y por eso les pedía a sus padres esos sentimientos que para ella no eran ni una
esquina en su memoria. Aunque todos compartían su habitación, Belinda estaba sola porque eran impares, pero todas sus amigas siempre iban a su
habitación por la noche y ella nunca se sentía sola.

Pero por la noche, en un rato a solas, a ella siempre le rondaba una frase por la cabeza y como estaba sola la decía en voz alta: “la vida es como un hoyo de arena que tiene agua y en ese momento todo es felicidad pero si el agua se evapora, te quedas sumido en ese hoyo para siempre y ya no vuelves a salir”, y después se podía dormir.

Belinda nunca olvidará este día tan especial en el que desde ese instante su vida cambió por completo.    Aquella mañana del 3 de abril la vida de Belinda dio un giro de 360 º.
“Sara dame esa carta ahora mismo como te pille…” dijo Belinda.  Mientras, Belinda corría para atrapar a Sara, una niña de 6 años traviesa y juguetona, a la que Belinda tenía un cariño especial.
 Como os iba contando en ese momento sonó la campana tres veces; todos sabían lo que aquello significaba, había llegado un nuevo. Por momentos todo se revolvió: los más pequeños bajaban por las barandillas de la gran escalera principal, por otro lado Belinda y Sara dejaban su discusión tan sólo por un instante, para ir a la sala de bienvenida, los que estaban en las clases tiraban los libros al aire y salían corriendo para unirse con sus compañeros, los profesores y el resto del personal estaban desconcertados, pero al fin llegaron a la sala.
Cuando al fin estuvieron todos reunidos la directora comenzó a hablar: queridos niños, hoy ha llegado un nuevo alumno. Hizo una pausa: todos adivinamos que era un chico. La directora prosiguió: como iba diciendo es un honor tener a este chico en el internado. Es de Inglaterra se llama Sean Cook. En la puerta había un chico de pelo rubio muy revuelto y llevaba uniforme negro con corbata; todos le miraban. Belinda le miró y pensó: “le sonreí, el me miró y me devolvió la sonrisa. Me sentí desfallecer al escuchar que la directora decía: compartirá habitación con Belinda Hostlen”. Todo volvió a la normalidad y Belinda se puso a perseguir a Sara. Pero ella sabía que nada volvería a ser como antes; pensó en la mirada esperanzadora que le dirigió el chico en la presentación, recordó sus profundos ojos penetrantes   y sonrió: ella sabía muy bien que aquello era el comienzo de una gran amistad.  

Por el día apenas encontró al alumno nuevo, no es que fuese tímido, qué va, lo que pasaba es que acababa de llegar y todavía tenía qué adaptarse.

 Llegada la noche Belinda encontró al chico en el pozo, a las puertas de la escuela. Se acercó lentamente al chico y le dijo: sabes, el día que yo vine me sentía exactamente igual de cómo te sientes tú ahora; seguramente estarás pensando que no te comprendo y que quieres que me vaya, (hizo una pausa) Sean la miraba atentamente y no con signo de burla o desprecio sino con admiración, afecto y a su vez comprensión y curiosidad. Por favor no te vayas sigue hablando. El caso es que siguió: verás, le contó mientras caminaban hacia el interior de la escuela, cuando yo llegué tenía inseguridad en mí misma y por otra parte el deseo de conocer gente nueva y el miedo a ser rechazada y no poder entablar conversación con nadie. ¡Eso es lo mismo qué me pasa a mi!, exclamó Sean. Belinda y Sean siguieron hablando de temas muy diversos mientras se dirigían al interior de la escuela. Los dos presintieron que esto era el comienzo de una gran amistad. En un momento de silencio los dos dijeron este sentimiento a la vez y acto seguido echaron a reír bajo aquella lluvia y la suave brisa otoñal.
Ahora los dos sabían que podían confiar plenamente el uno en el otro; llegaron tarde a la cena, pero la directora no se sorprendió pues Belinda tenía cierto desdén por las normas.
Esa noche en el cuarto de Belinda y Sean justo cuando las amigas de Belinda se fueron, los dos se acostaron, pero Belinda, como estaba acostumbrada a estar sola, no se percató de que estaba Sean y mirando a la ventana dijo la frase que decía todas las noches: “la vida es como un hoyo de arena que tiene agua y en ese momento todo es felicidad pero si el agua se evapora, te quedas sumido en ese hoyo para siempre y ya no vuelves a salir”.  Sean la miro y le dijo: tienes mucha razón en eso que dices ¿sabes? Yo, yo, yo… se justificó Belinda; estaba sudando y se había puesto roja como un tomate. Sean habló y esta vez su voz era dulce y tranquilizadora: tranquila no pasa nada ¿sabes?, está bien expresar tus sentimientos; a mí a veces también se me escapa. ¿Si?, Belinda le miraba dudosa. Sí, a mucha gente le pasa, continuó Sean, pero si a tí te da vergüenza, tranquila, no se lo contaré a nadie, puedes confiar en mí. Belinda sonrió: gracias, es que hay tantas cosas que no entiendo; por ejemplo me gustaría saber qué es la vida en realidad por qué se nace y qué hay detrás de la muerte. El rostro de Sean de pronto reflejó sensación de melancolía y dijo: tú te preguntas qué es la vida y la vida se pregunta qué eres tú, y respecto a la muerte te pasa igual que a todos porque que yo sepa no hay ningún muerto que haya resucitado y nos lo pueda explicar. Belinda rió por segunda vez, abrazó a Sean y le susurró al oído: gracias.  Sean sonrió con ternura y acto seguido apagó la luz y los dos se acostaron.

Al día siguiente Belinda se levantó muy pronto; según el horario desayunaban a las 8: 30. En cambio tan sólo eran las 4 y Belinda estaba despierta. Una hora y media más tarde, es decir a las 5: 30 Sean se despertó:
 - Pero Belinda qué haces despierta a estas horas ¡es muy pronto! Aún
 faltan 3 horas para el desayuno.
 -Ya, lo sé, perdona, siento haberte despertado, es que no puedo dormirme.
 -Tranquila, no pasa nada, pero… por curiosidad, si no te importa, ¿podrías                   decirme, por qué no puedes dormirte?  
 -Claro qué no me importa, verás… no sé si sabrás que todos los jueves nos
dan el correo de nuestra familia o amigos y yo hace tres semanas que no recibo noticias de mis padres. Es muy extraño porque ellos solían mandarme cartas dos veces por semana.
-Ten fe; seguro que no es nada grave, tal vez hayan tenido simplemente un pequeño percance, aunque sintiéndolo mucho no puedo asegurar nada.
 -Quizá tengas razón.   Sean tengo una idea: como todavía quedan dos horas     podríamos hacer algo divertido.
(Sean asintió con una sonrisa pícara) ya sé qué podemos hacer Belinda, ahora no hay nadie en la cocina ni en la sala de juegos, eso es divertido ¿no?
Los dos se echaron a reír. Los dos se pusieron las batas y se encaminaron hacia la cocina; una vez allí, puesto que no había nadie, se pusieron a investigar.
-Ven, corre Sean, no hay moros en la costa.
-Voy, bueno ahora podríamos preparar algún plato.
-Tengo una idea, podemos estar las pocas horas que nos quedan haciendo platos para que los pongan a la hora de comer; platos muy ricos que nunca ponen en el comedor, además todos pensarán que ha sido Gema, la cocinera.
-Sí, es una muy buena idea y nadie sospechará que hemos sido nosotros, dijo Sean.
Estuvieron haciendo sin parar maravillosos platos, eran auténticas delicias.
Horas después Belinda y Sean subieron a su habitación. Aún quedaba media hora para ir a desayunar, por lo tanto Sean y Belinda siguieron hablando. Ya llevaban dos semanas juntos y como los dos habían previsto eran muy buenos amigos y tenían plena confianza el uno en el otro.
-¿Puedo decirte una cosa que pienso de ti?, té seré sincera: no es un elogio pero tampoco es nada crítico, dijo Belinda.
-Sí claro que puedes, no muerdo y tampoco voy a matarte, ja, ja, ja… es broma, claro que puedes, no me molesta; más bien me intriga esa opinión que tienes sobre mí; contestó Sean.
-Verás: es que a veces cuando hablo contigo me doy cuenta de la convicción que tienes al decir las cosas; eso es agradable ¿sabes?, porque demuestra que me comprendes y también es curioso. Porque no sé si sabes que yo nunca había tenido una amistad con los chicos, simplemente éramos compañeros, pero contigo es distinto tú me inspiras confianza, yo siento que si un dia de éstos me pasase una cosa muy personal, por ejemplo que me quedase embarazada, no tendría ningún problema en contártelo porque sé que te lo tomarías en serio, me apoyarías y sin embargo creo que la mayoría de chicos que conozco se hubiesen reído, lo hubiesen divulgado o no me hubiesen comprendido. 
-Vaya muchas gracias Belinda, yo también pienso más o menos las mismas cosas de ti, por ejemplo: que cuando hablo contigo siento que tú has pasado por lo mismo que yo referente a mis problemas y que nos planteamos las mismas preguntas a las que sólo los dos juntos conseguimos hallar una respuesta.
-La verdad es que si siguiésemos así podríamos estar un día entero; bueno, exagerando un poco.       
-Está bien vamos a aprovechar los 20 minutos que quedan para descansar.
-Vale, hasta dentro de 20 minutos; dijo Belinda.
Veinte minutos después, a la hora de desayunar, Belinda y Sean bajaron rápidamente para ver el resultado de lo que habían hecho esa misma noche.
Todos sus compañeros estaban muy contentos porque la comida estaba deliciosa y nadie pensó, como era de suponer, que esas comidas las habían hecho Sean y Belinda, puesto que todo el mundo pensaba que había sido Gema.
Cuando los dos subían a la habitación para ponerse la ropa de gimnasia como todo el mundo, al pasar por una esquina alguien les tiró del brazo; ¡era Gema!
-Chicos, perdonad si os he asustado, pero es que quería hablar a solas con vosotros.
-¡Por qué!; dijeron los dos a la par.
-Tranquilos, no os voy a regañar, sólo quería daros las gracias por haber hecho esos platos tan maravillosos, sé que habéis sido vosotros.
-Sí, fuimos nosotros, pero… ¿cómo se ha enterado?, preguntó Sean.   
-Verás, Sean, no sé si sabrás, quizá te lo haya contado ya Belinda, que ella y yo somos muy amigas; para mí ella es como si fuera mí hija. Por eso, al ver que alguien había estado cocinando en “mí” cocina, y yo sabía la pasión que tenía Belinda por cocinar, supe que había sido ella, y después confirmé que tú habías estado con ella al encontrar una chapa muy bonita de diseño inglés, que sólo se podía fabricar en Inglaterra. Yo supe que eras tú porque no hay ningún niño en el internado, excepto tú, que la pueda conseguir.
-Vaya, es asombroso que con tan sólo dos pistas, que además no son concluyentes, nos hayas descubierto.
-Bueno, pues una vez resuelto todo, me voy, no quiero entreteneros más, al final vais a llegar tarde a gimnasia, así que adiós y muchas gracias.
Después de esta larga conversación fueron los dos a por la ropa de gimnasia y se encaminaron hacia el patio para dar la clase.
Más tarde, en su tiempo libre, Belinda fue al despacho de la directora para recibir su correo (si es que tenía). Sean no podía entrar así que esperaba fuera impaciente; estaba tan nervioso que le temblaban las manos y por ese simple hecho se le cayó el bocadillo. Veinte minutos después, Belinda apareció en el patio. Sean corrió junto a ella y le preguntó qué había pasado; ella contestó que todo había ido bien, que la directora le había dado una carta en la que sus padres le decían que no la habían escrito estas semanas por que habían tenido una serie de problemas pero que ya estaban solucionados y que la irían a ver el sábado.
-Me alegro mucho pero…   (Belinda le interrumpió): Yo también estoy muy contenta pero ha sonado la campana es hora de reunirse para organizar la actividad de esta tarde, venga, corre Sean.
Esa misma noche Belinda y Sean mantuvieron sus conversaciones habituales; esta vez empezó a hablar Sean:
-Oye Belinda te tenía que contar una cosa pero te advierto, que es una mala noticia.
-No, Sean por favor, hazlo en otro momento, no quiero que se estropee el día.
-Tienes razón, lo haré en otro momento, además mañana es sábado y vendrán tus padres ¿no?
-Sí, eso espero; sabes una cosa, yo pienso que la gente se sumerge en un mundo de sueños creado por ellos para escapar de la verdadera y cruel realidad, por lo menos eso es lo que a veces hago yo, dijo Belinda.
-Me parece muy bien, pero ten siempre presente esto que te voy a decir yo ahora: si no tocas la tierra jamás podrás tocar el cielo.   
-Tienes razón, Sean; esa forma tuya de expresar las cosas es muy bonita y convincente. ¡Ah! y descuida, tendré muy en cuenta lo que has dicho.
-De acuerdo, buenas noches Belinda hasta mañana.

A la mañana siguiente Belinda estaba muy ilusionada, sus padres iban a ir a verla en la hora de visita; pero al contrario que Belinda, Sean estaba triste, muy distante con lo demás (incluso hasta un poco con Belinda). Belinda le conocía demasiado bien y sabía que a su amigo le pasaba algo y al parecer grave, así que sin dudarlo fue a hablar con él, aunque ella sabía que tenía que ser precavida, ya que era posible que Sean se mostrase algo frío:
-¿Estas bien Sean? No sé por qué pero te noto triste y creéme, sé lo que se siente en esas situaciones, aunque no sé cuál es exactamente la causa de tu “depresión” por así llamarlo. Si quieres que me vaya me voy, no te lo voy a reprochar, supongo qué querrás estar solo.
-No, por favor quédate, siento haber sido impertinente.
-Tranquilo Sean no pasa nada, ahora cuando te tranquilices ¿me puedes contar que ha pasado?
-Sí, verás, tal vez te parezca una chorrada pero para mí no lo es: mis padres no van a venir a verme; nunca vienen.
-Oh lo siento mucho, de veras, pero tienes que intentar superarlo; vamos a entrar en el pabellón porque tienes que conocer a mis padres ¿no?
-Sí, claro.
Una vez en el pabellón Belinda se encontró con su madre y después de darle dos besos y abrazarla preguntó que donde estaba su padre. Su madre se puso algo nerviosa y contestó que estaba de viaje, que ya vendría otro día. Después Belinda le presentó a su madre a Sean; después de charlar un rato su madre dijo qué tenía prisa y se fue. Belinda se quedó más confusa que antes.
Al día siguiente Sean estaba muy raro y Belinda para entonces, después de tanto tiempo juntos, sabía perfectamente que estaba así por que pasaba algo bastante grave.
-Sean, sabes qué no me gusta verte triste, puedes contar conmigo y decirme qué es lo que te pasa.
-Verás… Belinda, he intentado decírtelo estos días, pero tú no me has dejado, así que empezaré a contártelo todo con delicadeza: mis padres quieren llevarme a otro internado allí, en Inglaterra, porque dicen que aquí estoy alejado de una buena salud y de un buen ambiente de estudio.
-¡Oh! Sean pero eso es terrible, yo no quiero que te vayas de mi lado, no nos pueden separar, tenemos que hacer algo.
-Ya lo sé Belinda, estoy desesperado, yo no sé que haría sin ti allí en Inglaterra, sólo sin nadie en quien poder confiar.
-Tienes razón, tenemos que hacer algo, tengo una solución aunque no estoy segura de que vaya a funcionar. Verás la solución es la siguiente: podrías escribirles una carta dándoles a entender tus diferentes puntos de vista y explicándoles tu opinión sobre su decisión y por qué te quieres quedar aquí.
-Es una buena idea, la pondré en práctica ahora mismo porque si no funciona no sé que vamos a hacer.
-Ten fe, vamos a probar con esta idea y si no funciona ya veremos que otra cosa podemos hacer, dijo Belinda.
Una semana después Sean llegó muy contento con un sobre entre las manos, y en cuánto vio a Belinda le dio un abrazo con tanto impulso que casi la tira de espaldas:
-¡Oh! Belinda estoy tan contento, no sé qué habría hecho yo sin ti, no sé cómo agradecértelo; sé que pensarás que me he vuelto loco pero te digo esto por que he recibido una carta de mis padres aceptando que me quedase aquí y prometiéndome que vendrían más a menudo a verme y que me querían mucho.
-Eso es maravilloso, me alegro de que te quedes. ¡Ah! ¿y sabes cómo puedes agradecérmelo?: sonriendo más a menudo.
-Gracias.
Semanas después, Belinda y Sean fueron a una excursión a la playa que organizaba el Internado. Estaban escuchando el murmurar de las olas, cuando Belinda empezó a hablar.
-Sean, tengo una mala noticia: mis padres se han divorciado.
Belinda se puso a llorar, Sean la abrazó y le dijo:
-Lo siento mucho, pero tranquilízate, yo siempre estaré a tu lado no te dejaré sola nunca, yo te aprecio mucho Belinda y no permitiré nunca que tu hoyo de arena se seque.
Belinda se tranquilizó y los dos se perdieron en el horizonte, ahora su hoyo estaba lleno de agua. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario